Publica tus cuentos: En la escuela pasan tantas cosas…

La maestra los dejó solos un instante que les resultó eterno. Las bolas de papel volaban de un lado a otro como proyectiles, algunos niños se paraban encima de sus carpetas y se lanzaban contra sus compañeros, otros jugaban a pelearse pero de mentirita nomás porque dolía cuando les caía un puñete en la cara. Las niñas por su lado estaban a la vanguardia, por si acaso algún compañerito malcriado.

Elías estaba jugando a las canicas con Tomasito, iba ganando y jamás como ese día tuvo tanta puntería. Él ponía su canica blanca de la suerte en el piso, le rezaba mentalmente  a Santa Rosita y le pegaba duro con el pulgar.

– ¡Eso no se vale!- gritó Tomasito.

– ¿Qué es lo que no se vale?

– ¡Ganarme!

Tomasito era de aquellos niños que no les gustaba perder, pero sin embargo siguen jugando y por ende, perdiendo. Elías le estaba dando duro en el juego, una paliza de aquellas memorables. Mientras Tomasito no podía creer que se estaba quedando calato. Pero siempre venía con más canicas al día siguiente, dispuesto a perder, porque su Papá tenía mucha plata y le compraba lo que él le pidiera.

– Ya no tienes canicas para apostar.

–  No, pero tengo esto- le pegó un puñetazo en la barriga.

Elías se sobó un rato y luego fue por él. Pero Tomasito corría muy rápido a pesar de ser regordete, se iba de un lado para otro, tumbando cuanta silla se le cruzara en el camino. No cabe duda que era bien mariquita, pero más mariquita fue cuando se escondió detrás de las niñas y las usó como escudo.

– ¡A las mujeres no se les pega!

Elías iba a decir que no le importaban las mujeres, cuando entró la maestra con su regla enorme en las manos. Puso orden en el aula y se sentó detrás de su pupitre. Todos los niños ya estaban calmados conversando en voz baja de sus juguetes o de lo que harían en el recreo.

– Elías, Marquitos dice que no te atreves a tirarle una bola de papel a la profesora.

– ¡Sí que me atrevo!- pensó un momento-, pero dile a marquitos que le tiro si me da diez canicas.
– ¡Trato hecho!

– Pero yo elijo las canicas.

– Sí, como quieras.

Arrancó una hoja de su cuaderno, la apretó con las manos y la lanzó contra la maestra, confiando en la puntería que Santa Rosita le había dado. Pero increíblemente falló, el proyectil cayó un metro más allá de la profesora, que por cierto era bien linda y buena o como diría su hermano mayor: Riquísima.

Ella se levantó y miró cautelosamente a los niños, sabía que algo andaba mal, caminó por los espacios que separan una silla de la otra, sospechando. El aula estaba en completo silencio, los niños fijaban su mirada hacia el pizarrón y miraban de vez en cuando de soslayo a la maestra. Ella daba vueltas en el aula como un tigre que acecha a su presa, se acercaba más y más hacia el sitio de un delgado y timorato Elías, que pasaba saliva y desfallecía, porque era como si todos sus compañeros le estuviesen señalando con el dedo, ¡Él ha sido Profesora, castíguelo! ¡Déle cinco reglazos en la mano y uno en el poto! ¡Mándelo al rincón mirando la pared hasta la salida! Sí, ella ya lo sabía todo, por eso lo estaba mirando. Porque cuando el lanzó la bola de papel ella levantó la cabeza.

Estaba a sólo dos pasos de él, empujó los anteojos hasta la punta de la nariz y lo tomó de la mano.

– Carlitos, cómo te vas a hacer en los pantalones…

Lo arrastró cariñosamente y salieron juntos por la puerta principal, entonces el aula se volvió a quedar sin tutora y todos volvieron a jugar; unos jugaban a las canicas, otros a la peleíta -pero de mentirita- y algunas niñas se ponían en estado de vigilancia- esos niños son terribles.

El pequeño Elías por su parte, sentía que el corazón le volvía a latir, que le estallaba en el pecho y en cualquier momento podría vomitarlo.

– Estuvo cerca – dijo Tomasito.

– Demasiado.

Él había olvidado lo que Tomasito le había hecho, porque los niños son así, perdonan rápido y no guardan rencores a nadie.

– Mira, no quiero ser indiscreto. Pero Marquitos dice que te va a pegar en el recreo porque no le cayó el papel a la profesora.

– ¡Ese qué me va a pegar! Un puñetazo ¡PUM! y lo mato.

Rieron juntos.
– Te va a esperar en el patio, no faltes. ¡Ah!, Y dice que no te da nada de canicas.

No habría pasado ni media hora cuando sonó la campana del recreo, todos los niños salieron y Elías no fue la excepción. Fue al baño- porque tenía la vejiga llena-, corrió por unas galletas y cuando iba a abrir el paquete se le acercó Tomasito y pensó que era el último imbécil que le faltaba.

– Marquitos te está esperando, está furioso, dice que eres marica y que te saca la mugre- le arrancó la galleta de las manos.

Elías lo odio, pero guardo un poco de odio para Marquitos. Porque nadie le había pegado antes, pues el  era bien gordo y alto. Además si le pegaban, él llamaba a su amigo de quinto y ese sí que pega duro.

<Llegó al patio y cuando vio a Marquitos le pareció que había crecido como cincuenta metros y ahora estaba a unos tres pasos, con los brazos cruzados. Comenzó a caminar todo temeroso.

– ¡Vamos Elías, tú le pegas!

Era la voz de Carlitos, ya había dejado de llorar, pues cuando la maestra lo trajo del baño tomado de la mano, lo envió a su sitio y el caminó totalmente humillado. Se sentó, cruzó los brazos sobre la carpeta y escondió la cara en ellos. La maestra lo miró con recato y luego prosiguió la clase.

Cuando Elías se dio cuenta ya todos sus compañeros estaban allí, rodeándolos. Incluso su tocayo- Elías Tunque un chico tímido que no hablaba con nadie-. Sólo faltaba su Profesora con sus  pompones haciéndole barra.

– ¡Empecemos!- gritó Marquitos.

– Como quieras.

Se tumbaron al suelo y los puñetazos iban y venían. Los gritos alentadores no paraban de sonar.

-¡Caramba Elías, dale duro!

– ¡Muerde la oreja!

– ¡Pégale arriba!

-¡Patea los huevos!

Se separaron, estaban exhaustos. Se empujaron, cayeron al suelo, se batieron por todo el patio pero volvieron a separarse. Elías especuló una táctica que le vino como un flechazo, lo pensó dos veces y ¡Pum! Marquitos gritó de dolor. Sí, le había dado en las partes nobles y se revolvía en el piso como si estuviera peleando con el hombre invisible.

Sonó la campana y todos regresaron al salón. Elías estaba feliz por que aparte de haberle hecho llorar a Marquitos era momento de entregar los regalos del día de la madre a la maestra para que los envolviera en papel de colores. Él estaba emocionado porque su presente le había quedado bien bonito y su Mamá se pondría muy feliz.

En verdad todas las mamás se pondrían felices, pues la maestra les había hecho trabajar duro durante varias semanas y los hermanos García tenían su trabajo terminado bien bonito –pero jamás como el de Elías-, Morales también tenía su regalo hermoso, incluso Marquitos que era terrible siempre, se volvía el alumno más aplicado a la hora de hacer el obsequio. Tomasito no se preocupaba en ello, pues el tenía un plan – Se había pasado todas las semanas comiendo en vez de hacer el regalo a su mamá-, le iba a comprar el regalo a Elías Tunque.

El obsequio era una negrita hecho de corrospum, con ojos de botones, una faldita de papel crepé. En sus manos tenía una cajita de madera, como sobrecito en donde las Mamás pondrían sus fósforos.

Antes de entregar los regalos a la maestra para que los envolviera en papel de colores Tomasito inicio su plan, fue al sitio de Elías Tunque y le enseñó veinte soles.

-Te doy si me das tu regalo.

-Pero mi mamá que va a tener.

-Pues veinte soles, que más quieres.

A Elías Tunque le costaba trabajo rechazar veinte soles, pues lo máximo de dinero que había tenido eran veinte centavos.

-Mira te doy veinte soles y mi regalo que dices.

-Ya así si.

Tomasito cogió el trabajito de Elías Tunque y dejó el suyo.

-Toma aquí tienes veinte soles y no acepto devoluciones.

Elías Tunque con el billete en la mano miró el regalo de Tomasito que ahora era suyo y se puso a llorar, pues era un mamarracho de trabajo que estaba casi roto por los costados y los ojos estaban pegados en el pecho como pezones, totalmente  arrugado y contrahecho. Se puso a llorar en silencio, calladito como quien no quiere dar lástima a nadie.

La maestra que era linda y buena, o como diría el hermano de Elías; riquísima. Entregó los regalos ya envueltos en un papel de colores a cada uno de los niños para que se lo den a sus Mamis. Elías tenía el obsequio en sus manos y tuvo ganas de desgarrarlo. Pero se contuvo pues su Mamá lo esperaba, tal vez impacientemente.

Llegó a su casa, la buscó con la mirada y la encontró rápidamente, se acercó, le abrazó y le entregó el regalo. Ella lo vio con cierto aire de curiosidad y puso esa cara que sólo las Madres saben poner cuando están contentas. Sacó el obsequio y cruzó un  viento frío por su cabeza como cuando se muere una persona.

– Mami, ese no es mi trabajo es del otro Elías de mi salón- le dijo, llorando a lágrima viva sin dejar de ver el obsequio equivocado.

– Ya hijito, no llores- lo abrazó-, no seas zoncito, no vale la pena.

– Pero Mami había quedado bien bonito.

– Sí, te creo. Pero ya no llores- pegó su cara contra la suya y fue entonces, sólo entonces, cuando sintió su rostro mojado.

Ella había sido bien buena con Elías y él le estaba haciendo llorar, eso era lo que le dolía más. No se merecía eso, la maestra se había confundido de Elías, le dieron el regalo que Tomasito vendió a Elías Tunque. El hubiera soportado reglazos en la mano o en donde sea incluso se hubiera dejado pegar por Marquitos pero su mamá no se merecía eso.Tanto dolor en su garganta y en su “vamos, no seas así”, su corazón destrozado ya no volvería a la vida, su mamá seguía consolándolo pero el no dejó de sufrir pues en el mundo se habían hecho muchas cosas, incluso habían llegado a la luna antes de que él naciera, pero ahora su mamá estaba llorando y ya nadie podía hacer nada.

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