Publicar cuentos: El doble sufrimiento

I’m walking down the line,
That divides me somewhere in my mind,
On the borderline of the edge,
And where I walk alone…

Green day

Salí a caminar a la mitad de la noche por las distantes calles de la ciudad, con mis pensamientos suicidas y tratando de encontrar una manera para que vuelvas a hacer latir mi corazón. Las calles estaban desiertas, el silencio y la soledad se hacían ver ante mi persona, como si fuesen los dueños de la noche y yo un intruso que ocasionaba distorsión. Mi único consuelo era el viento helado que me abrazaba, y tu amor hostil no era más que un tumor en mi mente, pero de pronto, la soledad cerró sus ojos. Me volteé a un lado y vi tu cuerpo de espaldas, con un vestido rojo, moviéndose por la otra vereda.

Tu hermosa figura y pelo rubio eran mi melodía en aquella noche silenciosa. Seguí tus pasos con la esperanza de reconciliar nuestra relación, y volver a aquella vida que tanto deseaba, donde las pesadillas no son más que fantasías y amarte no es una ilusión.

Me acerqué a ti y quise tocar tu hombro, pero de algún modo el universo físico se convirtió en una paradoja, ahora tus cabellos rubios eran una mezcla de diversos colores mal dibujados y tu hermosa figura parecía una imagen fuera de foco. ¡Florencia! —Grité tu nombre desde el fondo de mi alma desilusionada, sin embargo mi voz fue sepultada por el inmenso silencio; un silencio que aturdía y no me dejaba hablar. Me agarre la cabeza y miré a todas partes, pero me encontraba encerrado en un infinito infierno, la soledad me enloquecía cada vez más y la idea de suicidarme me seducía.

Luego quise volver a mirarte y mi mente proyectó un nuevo ambiente. La tragedia me daba la mano, y frente a mis ojos, una multitud de gente con las cabezas bajas y patrulleros rodeaban una escena de crimen. Me asomé a ver el cuerpo y un hombre con un rostro oscuro y ojos azules como glaciares me impidió el paso con sus manos, —usted no merece pasar— replicó con una voz deformada, que simulaba pasión e ímpetu a la vez. Miré de reojo el cadáver y pude verte a ti desnuda, con tus cabellos rubios y vidrios rotos que te rodeaban. Un escalofrío acarició a mi corazón y empujé al hombre de ojos azules. Después un grito se escuchó a mis espaldas y cuando lo volví a mirar su rostro se había oscurecido por completo, ningún rasgo era visible y sus ojos azules, nariz y boca se habían desvanecido.

No logré reprimir el llanto al acercarme a ti. Me arrodille y acaricié la tersura de tu rostro, aunque en una milésima de segundo, tu cara y cuerpo entero, era agua chorreando de mis manos.

Levanté la mirada y vi un edificio oscuro con una luz encendida en lo alto, donde se podía ver una imagen negra de una persona. Volví a mirarte pero tu cuerpo había desaparecido, ahora me encontraba en una playa con mis pies en la arena, y un inmenso mar me rodeaba. No había nadie material en aquella playa. Comencé a caminar en busca de alguien, y encontré entre las cenizas un fragmento de un poema que te escribí, Florencia, en nuestra primera cita:

 “En aquellos días donde el cielo llora y el corazón no bombea

Yo te observaba sutil y hermosa como una flor en primavera…”

Después de leer estas palabras, comenzó a llover, la arena se convirtió en cenizas y el mar se tornó color rojo como la sangre. Alcé la vista y pude vernos a nosotros besándonos y tomándonos de la mano. Lloré de la emoción y traté de acercarme, pero no podía moverme a ningún lado, mis pies se movían pero no lograba avanzar. Sin embargo en un parpadeo de ojos, nosotros ya no éramos los mismos, ahora estabas solamente tú y mi cuerpo era un cadáver tirado en las cenizas.

Sentí un pánico que no pude soportar, cerré los ojos y cuando los volví a abrir, me encontraba en un departamento que nunca había visto antes con una cama matrimonial en el centro con pétalos encima y unas cortinas rojas que cubrían un gran vidrio que daba a la calle. En la habitación estaba un hombre, de piel oscura y anchas espaldas, sujetando a Florencia del brazo, con extremo enojo, haciéndola sufrir.

Una tirria insufrible me desgarraba con sus manos y el silencio me enloquecía ¡cada vez más, más y más! Los separé abruptamente y Florencia rompió el espejo del limbo y reflexionó su último pensamiento al caer en la calle, junto con los miles de trozos de vidrio que yo había producido.

Luego, me asomé a la ventana y alcancé a verla. El odio me cedió la espalda y el silencio calló por siempre dejando lugar a mis ojos nostálgicos para ver una vez más que estás en la cama del otro y no acá. Acaricio la almohada, cierro los ojos e indago en mi imaginación aunque sepa que voy a sufrir, porque es el único lugar en el que estamos juntos, donde salgo a caminar por las distantes calles de la ciudad, con mis pensamientos suicidas y tratando de encontrar una manera para que vuelvas a hacer latir mi corazón.

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