publicar cuentos : “los premios” por wurs

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Los Premios.

Iván ingresó a su aula de clases y la encontró completamente vacía; pero al mirar al fondo del aula vio a un compañero y le dijo:
― ¿Por qué recoges eso? –preguntó cuando reconoció a Daniel que estaba inclinado sobre el piso, recogiendo unos papeles. – ¡esos papeles los debe recoger la señora de la limpieza…, para eso le pagan!
― Pero la señora ya limpió nuestro salón –contestó, Daniel- lo que pasa es que unos niños del otro salón estuvieron aquí, jugando y dejaron tirado estos papeles.
― ¡Pero de todas maneras eso le corresponde a la señora de la limpieza! ¿A ti te van a dar algo por hacer eso? ¡Qué zonzo eres!
― si yo no lo hago, nuestro salón se va a ver sucio –contestó Daniel.
― ¡Si no te dan nada no hagas nada! –concluyó Iván.

Daniel se encogió de hombros mientras recogía los últimos papeles que quedaban tirados sobre el piso de su aula; pero Iván sonrió moviendo su cabeza negativamente y se sentó en el lugar que le correspondía, acomodando sus cuadernos dentro del cajón de su carpeta, que luego limpió del polvillo que había quedado después del aseo del aula. Daniel dejó su mochila sobre su asiento, tomó su toalla de manos, su jabonera y se dirigió al baño para lavarse las manos.

Los demás compañeros fueron llegando uno a uno y otros, en grupos. Iván se esmeraba con el escritorio de la profesora, sobre todo cuando estaba por llegar y cuando llegaba la profesora él decía: “Ya todo está en orden, señorita”. Iván pocas veces hacía favores a sus compañeros, únicamente lo hacía cuando veía que le iban a dar algo en ese momento. Alguna vez le contó a Daniel que su mamá siempre lo “premiaba” cuando hacía algo bueno o algo que ella le pedía. Algunas veces realizó algo pensando que sería “premiado” como lo solía hacer su madre; pero no lo hicieron por que la única que lo premiaba era ella, por lo que ahora sabía cuando y dónde hacer las cosas para esperar su premio que dependiendo de la persona, variaba. Su madre lo “premiaba” con propinas, golosinas y permisos para lo que él quisiera. La profesora lo “premiaba” con caricias, buenas notas y otros beneficios más. El único que nunca lo premiaba, era su padre; aunque siempre le pedía que hiciera algo jamás lo “premió”, ni cuando obtuvo buenas calificaciones, el año escolar anterior; lo único que hizo fue darle un gran abrazo y un “te felicito, hijo”. “Realmente papá no me quiere como mamá”; siempre se decía así mismo cada vez que su padre le pedía que realizara algo y al final nunca lo “premiaba”.

Cuando, rara vez, le faltaba algo a Iván, Daniel le prestaba y cada vez que lo hacía, Iván preguntaba: “¿Qué quieres a cambio? Es que yo no quiero deberte nada”. “No te preocupes –contestaba Daniel- No me debes nada”.
Una mañana, durante la hora de receso, salieron todos al patio y Daniel se sentó en una de las gradas del fondo, a disfrutar de su refrigerio que cada día la madre de él, le preparaba con jugos y frutas. Cuando Iván lo vio, fue directamente hacia él, se sentó a su lado y mientras sacaba su bolsa de papitas fritas, le dijo:

― ¿por qué te gusta hacer cosas sin esperar nada?
― ¿No recuerdas cuando la profesora nos contó la historia del Buen Samaritano? –preguntó Daniel. Él le ofreció su ayuda y no esperó nada a cambio y eso le gustó a Jesús.
― ¡Bah! ¡Esos son cuentos que te dicen para que seas bueno con todos! –contestó Iván.
― ¡No sólo son cuentos… son ejemplos que decía Jesús a la gente, porque a él le gustaba enseñar así!
― Mi mamá dice que ahora ya nadie ayuda sin esperar algo a cambio. Nadie regala sus cosas porque cuestan –replicó Iván.
― Mi mamá dice que Dios premia a las personas que hacen las cosas que Jesús nos enseñó –contestó Daniel.
― ¿Cuál es el premio? ¿Ir al cielo? ¿Qué ves en el cielo? –contestó irónicamente Iván, a la vez que miraba hacia arriba.
― Yo tampoco veo nada en el cielo…; pero me gustaría ver y si cumplo con lo que le gusta a Dios y a Jesús, tendré la suerte de ir para allá –concluyó Daniel.

Iván quedó en silencio sonriendo levemente sobre lo que había dicho Daniel. No podía creer aquello. Sonreía mientras crujían sus papitas fritas con cada mordida que daba. “Eso no existe”, “El Buen Samaritano es un cuento nomás”, se repetía para sí.

Cuando llegó la hora de salida y al escuchar el timbre, todos guardaron sus cosas y salieron raudamente a sus casas. “Chau, Daniel. Nos vemos en el cielo”, le gritó irónicamente Iván, mientras le hacia adiós con la mano en alto. Iván se retiraba bastante sonriente; pero iba pensando en lo que le había dicho Daniel. Con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, caminaba meneando su cabeza sin dejar de sonreír. “¡El cielo…, ja, ja, ja…!”. Se detuvo en la esquina y cruzó la pista de doble vía junto con otros niños: pero no dejaba de sonreír ni de menear la cabeza, ni de pensar… “¡El cielo…, ja, ja, ja…!”. Seguía cruzando la pista despreocupadamente y sonriendo hasta que escuchó a lo lejos: “¡Cuidado…, cuidado…!”. Cuando volteó a mirar ya era muy tarde, sintió un fuerte golpe en la cabeza y cayó de espaldas sobre el pavimento, con la mirada hacia el cielo. El auto lo había encontrado desprevenido y por más que el conductor frenó y giró el timón, no pudo evitar lanzar por los aires a Iván. Mucha gente lo rodeó y miraban horrorizados aquel accidente. El auto impactó contra un poste; pero el conductor no sufrió mayor daño porque llevaba puesto el cinturón de seguridad. Llamaron a la profesora, quien llegó casi al mismo tiempo que el policía de tránsito y lo único que llegaron a escuchar débilmente, de los labios de Iván, mientras levantaba una de sus manos, fue: “¡El cielo…, el cielo…!”.

Cuando despertó se sentía muy extraño, se sentía adormecido y un poco mareado. Miró alrededor y no reconoció la habitación en la que se encontraba. Era una habitación grande, con paredes blancas y a través de las ventanas se veía un hermosos y gran jardín con las más deliciosas frutas que nunca había visto antes. Se agarró la cabeza con ambas manos y se preguntó extrañado: “¿Dónde estoy?”. Se abrió una de las puertas que tenía aquel dormitorio y entró un hombre que con una dulce sonrisa, le preguntó: “¿Cómo estás?”. Iván lo miró fijamente y le pareció muy familiar; pero no recordaba dónde lo había visto. Iván creyó que era el doctor y le preguntó: “Y… mis papás… ¿Dónde están?”. “Te están esperando”, le contestó apaciblemente, el hombre. El que Iván creía que era el doctor, se acercó y con una de sus manos, le acarició dulcemente los cabellos tratando de tranquilizarlo. Cuando sintió aquella mano sobre su cabeza, Iván se sintió más tranquilo y extrañamente más aliviado. “¿Quieres ir con tus padres?”, le preguntó sin dejar de acariciar sus cabellos. “Sí…, si quiero ir”, contestó Iván. “Bien…, te llevaré; pero sólo los verás de lejos, porque están un poco asustados y no nos podemos acercar demasiado”. Iván, sin saber por qué, asintió con la cabeza lentamente, aceptando lo que le decía. Él lo tomó de la mano y abrió otra de las puertas; pero al cruzarla, Iván sintió un vértigo y luego vio ante sí, una puerta que al abrirla, pudo ver de lejos a sus padres llorando junto a un niño que yacía recostado en una de las camas de aquel hospital. Sólo vio eso, no se preguntó quién era aquel niño que yacía inerte sobre aquella cama. Se tomó fuertemente de la mano de quien lo acompañaba y lo miró fijamente. “¿Quieres ir con tus padres?”, le preguntó. “¡Sí!”, contestó Iván. Quien lo acompañaba se inclinó lentamente y besó la frente de Iván, quien viendo una vez más a sus padres, desde un rincón de aquella habitación, reclinó la cabeza sobre el hombro de aquel señor que lo acompañaba, quien le dijo tiernamente: “Vas a ir con tus padres; pero no recordarás nada de esto. No recordarás que has estado conmigo”. Iván levantó la cabeza, miró fijamente el rostro que tenía frente a sí y quedó completamente atónito. ¡Había reconocido aquel rostro! ¡Nadie más podía tener un rostro como él! Iván cubrió su boca con sus manos y balbuceó suavemente: “¡Tú eres…! ¡Tú eres…!”, y mientras procuraba pronunciar el nombre de la persona que tenía frente a sí, nuevamente sintió un vértigo, como si fuera cayendo lentamente dentro de un profundo pozo y se le cerraron los ojos…
– . –
Lejanamente, Iván escuchó: “¡Ha vuelto…Ha vuelto! ¡Tiene pulso, doctor…, tiene pulso…!”. Lentamente abrió los ojos y primero vio figuras difusas, y luego más precisas. Sintió que su cuerpo pesaba y se hundía sobre las suaves sábanas. ¡Papá… Mamá…!”, dijo Iván, a la vez que ellos lo abrazaban tiernamente entre sollozos. “¡Iván… Iván…, hijo mío! ¡Gracias Señor…, gracias! ¡Gracias Dios mío!”.

Días después que Iván se hubo recuperado plenamente y que en su casa recibió la visita de muchos familiares y amigos del colegio, inclusive Daniel y la profesora, llegó el día en que volvió a la escuela y cuando ingresó a su aula, estaba vacía aún; encontró unos papeles tirados en la parte posterior y sin saber por qué, se acercó y empezó a recogerlos en el preciso momento que ingresó Daniel. “¿Por qué recoges esos papeles?”, preguntó sorprendido Daniel. Sin levantarse del piso, Iván levantó la cabeza y dijo: “El aula está limpia; pero esos papeles estaban tirados”. “¿No decías que eso debía hacerlo la señora de la limpieza?”, preguntó Daniel, sonriendo irónicamente. Iván lo miró, se encogió de hombros y ambos rieron alegremente…

Después que la profesora y sus compañeros del aula lo rodearon con gran curiosidad para preguntarle sobre él, sobre cómo estaba, sobre cómo se sentía; cuando llegó la hora del recreo todos salieron al patio después que sonó el timbre y Daniel se sentó en el lugar que siempre se sentaba a disfrutar de su refrigerio y casi de inmediato se sentó a su lado, Iván.
― ¿Por qué recogías esos papeles en el aula? –preguntó Daniel.
― Bueno… si yo no lo recogía, tal vez, lo hubieras hecho tú -contestó Iván.
― ¡Claro que yo lo hubiera hecho!; pero lo hiciste tú. Antes no lo hacías; pero ahora sí.
― Sí lo hice. Hay muchas cosas que puedo hacer y creo que tienes razón sobre el Cielo, y sobre Jesús; yo también quiero ir a ese Cielo, quiero ganarme ese gran “Premio”.

Los dos amigos siguieron disfrutando de sus refrigerios y conversando amenamente sobre sus deseos de querer conocer el Cielo, cumpliendo con lo que Jesús nos enseñó. Y hablaron de Jesús, de cómo sería y de cuánto nos debe amar para querer sólo el bien para todos nosotros. Y hablaron del Buen Samaritano y de las demás historias de Jesús que recordaban. “¡Quiero conocer el Cielo…!”, decían. “¡Quiero conocer el Cielo…!”.

Fin.
Autor: Vladimir Victor Uribe Ramos.

25 de abril del 2003.

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